El club de los corazones solitarios. (Niall Horan y tú) Capitulo 16 al 20

Capítulo 16.
La primera salida oficial de nuestro club tuvo lugar el sábado siguiente: fuimos de compras en busca de vestidos para la fiesta de antiguos alumnos. Estaba emocionada porque Rita había vuelto a casa de la universidad de Northwestern y la habíamos nombrado socia honoraria para la ocasión.

Pero antes, teníamos que sobrevivir a la cena con nuestros padres, el viernes por la noche.

—Ay, qué alegría tener a mis niñas en casa —repetía mamá sin parar.

Traté de ignorar sus comentarios mientras examinaba la carta del restaurante favorito de la familia, The Wilderness, es decir, la tierra salvaje. (Nunca llegué a entender qué tenía de salvaje un restaurante familiar pegado a un centro comercial.)

El camarero se acercó a tomar nota de nuestro pedido y bajé la mirada para que Rita fuera la primera en pedir. Siempre se mostraba mucho más valiente que yo con nuestros padres.

—Sí, tomaré el filet mignon con puré de patata al ajo —dijo, mirando directamente a mamá, desafiándola.

—Rita… —dijo mamá con evidente desaprobación.

Rita apartó la servilleta de su plato y se la colocó en las rodillas.

—Madre, las chicas jóvenes necesitan proteínas. Penny, ¿qué vas a comer?

El camarero me miró, a todas luces desconcertado. Esbocé una sonrisa mientras pedía una hamburguesa, no muy hecha.

Mamá intervino, frunciendo sus grandes ojos castaños —exactos a los míos— y sosteniendo la mirada de Rita.

—Rita… Penny Lane… —ah, genial, también yo me había metido en un lío—. Ya saben que respetamos su decisión de comer lo que quieran, pero me encantaría que tratasen de entender los argumentos de sus padres.

—Verás, mamá, conozco sus argumentos —Rita puso las manos en alto e hizo un gesto dramático—. Sé cómo actuaría Paul en una situación así; pero no soy Paul McCartney. Soy Rita Bloom, y decido comer carne. Montones de carne.

Mientras que la mayoría de la gente opta por hacerse vegetariana por razones éticas o de salud, mamá y papá lo habían hecho, sencillamente, porque Paul McCartney los había convencido.

Percibiendo la tensión que reinaba en la mesa, papá se giró hacia mí.

—Y dime, Penny Lane, ¿qué planes tienes este fin de semana con tu hermana mayor?

Estaba a punto de hablarle del día de compras cuando Rita interrumpió:

—Estoy encantada, porque voy a conocer a las socias del club de Penny.

«Oh-oh».

—¡Cariño, te has apuntado a un club! ¡Qué bien! —exclamó mamá mientras daba un sorbo de agua.

—Sí, desde luego. ¿Qué clase de club, hija? —papá se inclinó hacia mí, interesado.

—Bueno, eh…, en realidad, no es un club oficial.

Fulminé a Rita con la mirada. La situación resultaba humillante. ¿Qué iba a decir? «Veran, papá, mamá, estoy harta de los chicos porque el hijo de sus mejores amigos se portó conmigo como un cerdo, de modo que he decidido unirme con mis amigas y olvidarme por completo de los chicos».

—Lo ha fundado Penny. Se llama el Club de los Corazones Solitarios —apuntó Rita.

—Oh, Penny, qué maravilla —mamá se llevó la mano al pecho, entusiasmada porque su hija hubiera utilizado un nombre de los Beatles, aunque no tuviera ni idea de qué iba el club. Podía haber fundado un club llamado El Submarino Amarillo cuyos miembros salieran de fiesta en el océano y ligaran con cachorros de foca, y mis padres seguirían sintiéndose orgullosos.

—Hija, es magnífico que te tomes tanto interés por tus raíces. Bien hecho, muy, muy bien —papá esbozaba una amplia sonrisa de satisfacción.

¿Mis raíces? Mi bisabuelo paterno era inglés, de acuerdo; pero ni con mucho de los alrededores de Liverpool. Y la familia de mi madre procedía de Alemania.

—¿Quieren saber de qué va el club? —pregunté—. Unas amigas y yo hemos decidido dejar de salir con chicos…, al menos hasta que abandonemos el McKinley.

Los ojos de papá se iluminaron.

—Penny Lane, ¡es una idea magnífica para formar un club!

Mamá se mostró pensativa unos instantes, y luego tomó la palabra.

Capítulo 16. Parte 2.

—Penny Lane, ¿hay alguna razón para que hayas dado este paso?

El corazón me empezó a latir a toda velocidad. Mamá lo sabía. Negué con la cabeza.

—En realidad no. Habrá sido un conjunto de factores, supongo. Pero es que estoy harta de que mis amigas sufran…

—Bueno, Penny Lane, te repito que me parece genial —papá alargó el brazo a través de la mesa y me cogió de la mano—. Quiero que sepas que estaré encantado de bajar más mesas al sótano cuando esto despegue. ¡Y pensar que nuestra niña ha fundado un club de los Beatles!

—¡No es un club de los Beatles! —aparté la mano de un tirón.

Papá me guiñó un ojo.

—Bueno, un padre tiene derecho a soñar, ¿no te parece?

Mamá permanecía en silencio. Me costaba averiguar su opinión. Pero no pronunció palabra cuando llegó la comida y Rita y yo nos abalanzamos sobre nuestra carne roja y disfrutamos cada mordisco.

Resultaba extraño. Había asistido a innumerables bailes y eventos de cierta formalidad desde primaria. Pero era la primera vez que había salido en busca de un vestido con un grupo de amigas. Sin duda, creaba la importancia de nuestro club, y demostraba lo bien que nos lo podíamos pasar sin necesidad de chicos. Me dio la impresión de que a las empleadas no les hacía mucha gracia tener que aguantar a seis chicas correteando de un lado a otro de la sección de vestidos, lanzándose gritos entre sí; pero Rita no tardó en ponerse al mando.

—En una escala de calor, ¡estás que ardes, muñeca! —le dijo a Amy cuando ésta salió del probador con un vestido negro.

Mientras yo observaba la escena, mi hermana agarró su móvil y se puso a imitar a una presentadora de uno de esos programas de televisión femeninos.

—A continuación, tenemos a Amy Miller, con un vestido de raso negro. Fíjense en el detalle de pedrería en las mangas tipo casquillo, y en el corte estilo imperio que acentúa su generoso busto…

Amy se sonrojó, efectuó un pequeño giro e hizo una reverencia.

Se abrió la puerta del probador de al lado.

—¿Están listas para verme? —preguntó Sisa mientras salía para que admirásemos su vestido… o lo que fuera.

Nos quedamos mirándola fijamente. Sisa llevaba lo que podía describirse como una especie de bata, una espantosa bata de flores que ni siquiera mi abuela habría lucido en público. Sisa se dirigió, acercándose, al espejo de tres cuerpos.

—Oye, Pen, se me ha ocurrido que podíamos ir preparando el armario para cuando seamos solteronas —sonrió a medida que se quitaba la bata y dejaba al descubierto un ajustado vestido de seda roja con cinturón de lentejuelas a juego. Estaba impresionante—. Venga, Rita, ¿qué puntuación me das en tu escala de calor?

—Sin duda alguna: ¡al rojo vivo!

Sisa dio una palmadita y se puso a pegar de saltos. Caí en la cuenta de que cada día se parecía más a Diane.

Si alguna vez llegara a comentárselo, me mataría.

—Por lo que se ve, todas han encontrado vestimenta —indicó Rita mientras nos examinábamos unas a otras. Diane había elegido un vestido rosa de estilo años veinte, Daniela llevaba el clásico vestido negro sin tirantes, y Zoe, uno de seda roja de corte imperio, mientras que yo había optado por un conjunto negro de top atado al cuello y falda de encaje estrecha.

Nos colocamos en línea delante de los espejos para vernos mejor.

—¿Saben? —dijo Daniela—. Me encanta haber elegido un vestido sólo para mí. Antes, siempre me paraba a pensar si le gustaría a mi pareja lo suficiente…

—Sí —interrumpió Amy—. Lo suficiente como para quitártelo.

Daniela esbozó una sonrisa.

—En serio, es como si me hubiera quitado un peso de encima.

Diane se mordió el labio inferior con ademán nervioso.

Capítulo 16. Parte 3.

—A mí también me pasa, sobre todo porque ahora puedo concentrarme en otras cosas. De hecho, necesito tu ayuda, Daniela. He decidido dejar de ser animadora después de la fiesta de antiguos alumnos… y presentarme a las pruebas de baloncesto.

Se escucharon un par de gritos ahogados. Rita rompió a aplaudir.

—¡Madre mía! —exclamó Sisa—. ¡Diane! Vas a… —Diane se sonrojó y bajó la mirada—… fastidiar al personal a base de bien.

A Diane se le iluminó la cara.

—¿Eso crees?

—¡Pues claro que sí! Me muero de ganas de que el director Braddock se entere de la noticia. Le va a dar un ataque cuando sepa que una de sus queridísimas animadoras va a…, mmm…, cambiar de equipo, digamos.

Diane se echó a reír.

—Ya me imagino los rumores que van a correr por todas partes cuando se lo diga a las chicas.

—¿Puedo preguntarte cuándo decidiste unirte al equipo? No es tan fácil como parece —dijo Daniela.

—No pienso que sea fácil, para nada. Siempre me ha encantado el baloncesto, y a veces salía a practicar con mi padre, porque no tenía un hijo con quien jugar, me imagino. Pero quiero formar parte de un equipo. Quiero probar algo diferente. Puede que parezca un poco egoísta, pero estoy harta de animar a otras personas. Ahora quiero que me animen a mí.

—¿Te apetece venirte este fin de semana y practicar? —propuso Daniela.

Diane sonrió.

—Será alucinante. Niall está repasando jugadas conmigo; hemos estado entrenando los fines de semana.

—¿En serio? —preguntó Sisa.

—¡Sí! —la expresión de Diane cambió rápidamente—. Un momento, no hay nada entre nosotros. Confío en que no sea eso lo que piensas.

Sisa se encogió de hombros.

—Lleva tiempo animándome a dar el paso, y yo necesitaba un poco de práctica para ver si era o no una nulidad. Pero, por lo visto, Niall opina que me irá bien. No es que pretenda empezar siendo titular ni nada parecido; aunque, en realidad, no me importa. Lo que quiero es formar parte del equipo.

Jen asintió.

—¡Así me gusta! Y estoy segura de que serás estupenda.

—No sé…

Todas la bombardeamos con palabras de aliento. Me fijé en que la seguridad de Diane iba en aumento al contar con el apoyo general.

Sisa alargó la mano y nos quedamos mirándola unos segundos.

—Venga… —dijo.

Coloqué mi mano encima de la suya y, una por una, las demás nos siguieron. Allí estábamos, con nuestros vestidos nuevos, frente a una hilera de espejos.

Sisa me miró antes de tomar la palabra.

—¡Por nuestras nuevas socias, nuestros increíbles vestidos de fiesta y por Diane Monroe, diosa de la canasta!

Lanzamos gritos y hurras. Las pobres dependientas estuvieron a punto de derrumbarse sobre sus respectivas cajas registradoras.

Una vez que hubimos comprado nuestros vestidos, Sisa sugirió «que nos pusiéramos como cerdas hasta que se nos quedaran pequeños». Nos esforzamos al máximo.

Después de despedirnos del grupo, Sisa nos llevó a casa a Rita y a mí. Introdujo un CD en la radio del coche.

—Señorita Penny Lane, tengo una sorpresa para usted —anunció. La música de los Beatles inundó el ambiente.

—¡Guau, Sisa! No me lo puedo creer…

—Sí, bueno, me gusta pensar que yo también estoy llena de sorpresas —me guiñó un ojo.

Rita se inclinó hacia delante entre el asiento del conductor y el del acompañante.

—¿Sabes, Pen? Se van a hacer cada vez más populares. A este paso, papá va a tener que ampliar el sótano para que quepan todas.

Sonreí. Tal vez Rita tuviera razón. Tal vez esto sólo fuera el principio.

Tracy subió el volumen y las tres empezamos a corear la canción.

I’ve got to admit it’s getting better… Tengo que admitir que está mejorando…

Capítulo 17.

Una semana después llegó el momento de acudir al baile y todo era un total y completo desastre.

¿En qué había estado pensando? La mente me corría a toda velocidad. ¿Por qué le había dado tanta importancia al hecho de acudir a la fiesta de antiguos alumnos? ¡No podía presentarme en público con aquella pinta!

Escuché unos golpes en la puerta de mi cuarto de baño. Era Diane.

—Vamos, Penny, ¿qué haces ahí metida? Nos morimos por verte.

Estaba convencida de estar sufriendo un ataque de pánico.

—Sí, un segundo…

Traté de ajustarme el vestido por enésima vez, si bien resultaba inútil. De ninguna manera podía salir de casa así. Quería entrar en el baile con la cabeza bien alta. Hubiera jurado que, en la tienda, me sentaba mucho mejor. Noté que una capa de humedad se me concentraba alrededor de los ojos. Genial, no sólo tenía un aspecto ridículo, sino que también iba a echar a perder el maquillaje al que Diane había dedicado tanto tiempo.

—Penny Lane, ¡sal de ahí ahora mismo! —gritó Diane, forcejeando aún más la puerta.

De acuerdo: eran mis amigas, tenían que ser sinceras. Decidí salir a ver qué tenían que decir. Quizá mi actitud fuera un poco exagerada.

O quizá me iba a poner a vomitar.

Abrí la puerta…

—¡Ta-chán! —hice lo posible para efectuar una entrada espectacular, si bien no fui capaz de mirarlas a los ojos.

—Penny, estás preciosa —Diane sonreía, satisfecha—. Estoy tan acostumbrada a verte con camisetas y pantalones… Pero ¡mírate! —saltaba arriba y abajo. Nunca había visto a ninguna persona tan emocionada por ir a un baile… con un puñado de amigas.

—Y mírate ese pecho. ¿Quién iba a imaginar que tenías semejante delantera?

Diane golpeó a Sisa en el brazo.

—Ya lo sé —repuse yo—. Estoy horrorizada. No tenía esta pinta cuando me lo probé. Puede que sea el sujetador —bajé la mirada y lo único que pude ver fue el escote.

—¡Por favor! —replicó Diane—. Tienes un cuerpo de escándalo; hay que empezar a enseñarlo.

—Es verdad. Penny desvaría —intervino Zoe—. ¿Te imaginas la suerte que

tienes por no tener que vigilar lo que comes?

Diane se acercó a mí y se puso a retocarme el peinado.

—No te preocupes, estás impresionante. Además, no es tan malo como piensas. Mírate el cuerpo entero en el espejo, no sólo el pecho. Eres una preciosidad.

Al llegar al instituto, volvimos a retocar nuestro peinado y maquillaje. Me encontraba más segura con mi conjunto y, aunque odiaba reconocerlo, una parte de mí se moría por ver la reacción de algunos de los chicos.

Sentí la vibración de la música antes incluso de que abriéramos la puerta principal. Aceleré el paso, de pronto deseosa de llegar al gimnasio y acabar de una vez con la entrada triunfal. Me apresuré a acceder al interior, sin saber bien qué esperar. Al menos, nadie se reía ni nos señalaba.

Entonces, lo escuché: el típico chillido agudo y penetrante de las adolescentes cuando se divisan unas a otras en un evento formal.

—¡AAAMMMMMYYYYYY! ¡Qué guapísima estás!

—OHDIOSSANTODANIELA, ¡lindo vestido!

—¡Mírate!

—¡No, mírate TÚ!

—Vete de aquí. No me puedo creer que te hayas puesto ese color.

—No, vete TÚ.

Viki, que al final se presentó con pareja, se quedó mirándonos a las seis y comentó:

—Chicas, así que vais en serio con lo del club, ¿eh?

—Pues claro que sí —respondió Diane con tanto entusiasmo que pensé que, seguramente, era la más emocionada del grupo.

—Bueno…, me alegro —Viki se envolvió con un chal su delgado cuerpo—. Creo que jamás podría hacer una cosa así; pero me alegro por ustedes, chicas.

Diane me agarró del brazo.

—Venga, vamos a bailar.

Capítulo 17. Parte 2.

Las seis nos abrimos camino hasta la pista de baile y empezamos a movernos al ritmo de la música. Algunas amigas se sumaron a nosotras. La música estaba demasiado alta para mantener una conversación, pero me encontré a mí misma hablando de nuestro club cada vez que otra persona se nos unía.

Me di la vuelta y me sorprendió ver que nuestro grupo de seis se había duplicado. Viki se había sumado a nosotras, junto con varias alumnas de primero y de segundo de bachillerato.

Después de una hora de bailar sin descanso, me tomé un respiro para ir al baño y asegurarme de que me quedaba algo de maquillaje. Me lo estaba pasando tan bien que casi me había olvidado de las parejas del baile. Sonreí al pensar en la cantidad de chicas que estaban pasando más tiempo en la pista con nosotras que con sus respectivos acompañantes.

Marisa Klein, la reina de la fiesta, estuvo tanto rato con nuestro grupo que su

novio, el rey de la fiesta, Larry Andrews, la separó por fin de un tirón para poder bailar con ella.

Jessica Chambers y su novio tuvieron una pelea, ya que él la acusaba de no prestarle atención. La verdad es que se peleaban por casi todo. A él no conocía bien, puesto que iba a otro instituto; pero sabía que Jessica se merecía a alguien mejor.

—Me da la impresión de que, esta noche, somos nosotras quienes atraemos las miradas —comentó Sisa entre risas mientras regresábamos a la pista.

Entonces, el dj cambió la música pop por una balada, y Sisa y yo nos quedamos inmóviles, sin saber qué hacer, mientras las parejas empezaban a pasar nuestro lado cogidas de la mano.

—Mmm, ¿le apetece algo de beber? —preguntó Sisa cuando las demás se unieron a nosotras.

Las seis hallamos refugio alrededor de una mesa, donde sentí no poco alivio al encontrar asiento y descansar los pies.

—Oh, Dios santo, Diane —dijo Sisa, inclinándose por encima de la mesa—. ¿Has visto con quién está Niall?

«¡¿¡CON QUIÉN!?!».

Desplacé los ojos con aire despreocupado para buscarlo. Había estado tan absorta con el club que ni siquiera había reparado en su presencia.

—Tranquilas, chicas —respondió Diane. ¿Tranquilas? ¿Es que se había vuelto loca?—. Ya sabía que vendría con Missy. Ningún problema.

¿En serio? ¿Por qué Diane se lo tomaba con tanta calma? Por fin, me di cuenta.

—Un momento, ¿Missy Winston? —dije yo—. ¿Esa de tercero que le tiró el refresco encima a Viki? ¡Tienes que ser una broma!

—En serio, Penny, no es para tanto. Por lo visto, Missy le pidió salir después de un partido de fútbol americano contra Poynette. A Niall le desconcertó un poco lo atrevida que era, pero parece ser que la persona que quería como pareja tenía otros planes.

—¿A quién se lo iba a pedir? —por algún motivo, el corazón me golpeaba en el pecho.

—No me lo dijo. Le expliqué que ya no salgo con chicos, de modo que no veo por qué piensa que me molestaría.

La actitud de Diane era mucho más madura de lo que habría sido la mía. Me levanté y decidí que había llegado el momento de dar una vuelta. Erin Fitzgerald me estaba contando una historia sobre la obra de teatro del instituto cuando noté un golpecito en el hombro.

Me giré y casi me quedé sin aliento. Niall llevaba un precioso traje negro con camisa azul celeste y corbata azul, que resaltaban aún más el color de sus ojos.

—Hola, Penny. Estás preciosa.

—Hola.

Noté que bajaba la mirada a mi escote y, rápidamente, la volvía a subir. Las mejillas se le sonrojaron y se aclaró la garganta.

—Bueno, por lo que se ve, lo están pasando muy bien esta noche. Ahora

entiendo por qué decidieron asistir en grupo —se inclinó hacia mí y me puso la mano en la parte baja de la espalda—. Aunque, entre tú y yo, el hecho de que las mejores chicas del instituto hayan acordado venir juntas al baile nos lo ha puesto muy difícil a los chicos a la hora de elegir pareja.

«¡Por favor! El típico coqueteo vacío de siempre», dije para mis adentros.

—Bueno, ya sabes…, tenemos que hacerlos sudar un poco —le propiné un suave puñetazo en el hombro, de una manera un tanto coqueta; pero, al final, el golpe fue más fuerte de lo que pensaba.

—¡Ay! —exclamó Niall—. Santo Dios, Penny, ¿quién iba a imaginar que tenías tanta fuerza?

Bueno, la cosa marchaba bien.

Nos miramos en silencio el uno al otro mientras la música volvía a cambiar a una balada.

Niall se pasó los dedos por el pelo.

—Oye, Penny, ¿le importará a tus parejas que bailes conmigo?

Antes de que pudiera responder, se escuchó una aguda voz.

—No, pero sí le importa a TU pareja.

Niall se puso incluso más nervioso que antes.

—Ah, hola, Missy. No sabía cuándo ibas a volver. Mmm, conoces a Penny, ¿verdad?

Missy me miró de arriba abajo con evidente desaprobación. ¿Por qué se enfadaba? Rodeó con sus brazos la cintura de Niall y traté de reprimir la risa cuando vi que Niall daba un gruñido.

—Sí, he oído hablar de ti. ¿No es tu padre uno de los Rolling Stones o algo parecido?

«Tienes que estar de broma».

—Me llamo como un tema de los Beatles. Penny Lane.

Missy se quedó mirándome como si yo fuera una especie de lunática.

—Lo que tú digas —se limitó a responder—. Niall, me encanta esta canción. Vamos a bailar —lo agarró de la mano y lo arrastró hasta la pista de baile. Para ser un palillo de metro y medio carente de alma, tenía la fortaleza de un centenar de defensas de la liga norteamericana.

La furia y el resentimiento empezaron a bullir en mi interior. Una parte de mí quería interrumpirlos. Sólo para fastidiar a Missy.

Pero había abandonado aquel juego. Estaba con mis chicas.

Aunque me reventaba que Missy hubiera ganado aquel asalto.

REVOLUTION.

“We all want to change the world…”

Capítulo 18.

Me imaginaba que los bailes se celebraban los sábados por la noche para que la agitación se pudiera disipar a lo largo del domingo y el lunes fuera un día normal en el instituto.

Bueno, pues en cuanto abrí la puerta del coche de Sisa el lunes por la mañana, supe que no iba a ser el caso.

—¡Cierra el pico de una vez! —gritaba Sisa.

Cautelosamente, tiré de la manilla, confiando en que, fuera lo que fuese lo que estaba pasando, se detendría una vez que me hubiera montado.

—Eres una fracasada —gritó Liam a su hermana cuando me instalé en el asiento.

—Sí, y TÚ eres un friki —replicó Sisa.

Nadie parecía darse cuenta de mi presencia en el coche.

—Mmm, chicos —traté de captar la atención de ambos, pero no funcionó.

—YO no tengo la culpa de que esa novia tuya se lo pasara mejor con nosotras —dijo Sisa mientras arrancaba.

—Mantente alejada de mí, y de todo el mundo que conozco. Me da vergüenza que seas mi hermana.

Sisa pisó el freno a fondo.

—En ese caso, ¡fuera!

Liam abrió la puerta y se dispuso a bajarse del coche en mitad de la calle.

—Liam, no… —supliqué.

Se bajó, cerró la puerta de un golpe y empezó a pegar botes por la acera.

—Sisa, ¿qué demonios está pasando? Ve a buscarlo. No puede caminar.

Sisa agarraba el volante con fuerza.

—No.

—Llegará tarde a clase.

—Por mí, genial.

—De acuerdo, basta ya. ¿Me quieres decir qué pasa?

Sisa volvió a arrancar y mantuvo la mirada al frente cuando pasamos a Liam.

—Ayer me montó un espectáculo sólo porque su novia se pasó casi toda la fiesta con nosotras, en vez de con él.

—¿En serio? ¿Quién era? —me puse a repasar las chicas que habían bailado con nosotras, pero perdí la cuenta.

—La morena con esa falda de vuelo, color lila.

—¡Anda! ¿Es la novia de Liam?

Sisa asintió mientras detenía el coche en el estacionamiento.

—Pues no entiendo que Liam y tú hayan tenido semejante pelea por eso, la verdad.

—Él empezó. Ya sabía yo que encontraría la forma de arruinar una noche increíble —una sonrisa se extendió por el semblante de Sisa—. En serio, ¡la montamos en el baile! Las chicas no paraban de decir que sus parejas eran unos idiotas. ¿Viste a algún chico en la pista que se lo pasara bien? No, se sentaron en un grupo enorme y se pusieron a hablar de deportes… —cambió la voz para efectuar su mejor imitación de Liam—. ¡Lo que tú digas, hombre!

Cuando entramos en el instituto, me repetía a mí misma sin parar que era otra semana más, que no tenía por qué ponerme nerviosa. Pero el estómago me daba botes cada vez que me acordaba de Niall en la fiesta, atrapado entre las garras de aquel monstruo de tercero. Decidí caminar con más lentitud que de costumbre. Tal vez él no estuviera allí. Tal vez llegaría a convencerme de que no estaba loca. Tal vez…

Cuando doblé la esquina en dirección a mi taquilla lo vi, quitándose la chaqueta. Me alivió enormemente comprobar que no había señal de La Innombrable.

Empecé a manipular la combinación del cerrojo y noté que Niall se daba la vuelta. Nos miramos a los ojos. Sonrió, y fue a decir algo…

Capítulo 18. Parte 2.

—Eh… ¿Penny? —me sobresalté y casi dejé caer mi bolso. Al girarme, vi a Eileen Vodak y Annette Ryan, ambas de tercero, que revoloteaban detrás de mí—. Bueno, eh…, pensamos que sois divertidísimas y lo pasamos en grande, eh…, con ustedes, chicas —Eileen se sonrojó y, con ademán nervioso, empezó a enroscarse con un dedo un mechón de su larga melena castaña.

«¿Estuvieron el sábado con nuestro grupo?».

—Verás, mmm, las admiramos mucho.

—Gracias —respondí en voz baja, confiando en que Niall no estuviera escuchando.

Annette dio un empujón con el hombro a Eileen.

—Ah, sí. Queríamos saber si su club es sólo para chicas de primero de bachillerato, o si había la posibilidad de que se apunte gente de tercero…

Me quedé mirando a Eileen unos segundos, mientras trataba de procesar lo que estaba oyendo.

—A ver, ya sé que somos de secundaria, pero…

Abrí los ojos como platos al caer en la cuenta de lo que me pedía.

—Claro que sí. Cuantas más seamos, ¡más divertido!

Los rostros de Eileen y de Annette se iluminaron.

—Ay, Penny, muchísimas gracias. Sólo dinos lo que tenemos que hacer.

Ni siquiera sabía lo que yo misma hacía.

—Vale, asi lo haré.

Cuando se marcharon, me giré en dirección a mi casillero. Niall cerró el suyo y se inclinó hacia mí.

—Hola.

—Hola —respondí. Lamenté no ser capaz de ahogar el impulso de sacudirlo y preguntarle en qué diablos estaba pensando al acudir a la fiesta con tan abominable criatura.

—Hola, Penny —me giré mientras Daniela y Amy se acercaban.

Dediqué a Niall una sonrisa de disculpa, aunque sentí alivio por la interrupción. Niall asintió con la cabeza y se encaminó a su clase.

—Un par de chicas del equipo de baloncesto que tenían pareja me han llamado para hablar del club —explicó Daniela—. ¿Crees que podríamos admitir algunas socias más?

Mientras me dirigía a clase de Español, me fijé en la gran cantidad de chicas que me saludaban.

—Hola, Margarita —me saludó Zayn en español cuando tomé asiento.

—Hola —saqué mi libro y lo abrí por la nueva lección.

Zayn se desplazó para acercarse más a mi mesa.

—Oye, Penny, ¿qué tal fue tu exhibición de chicas el sábado por la noche?

—Bueno, nosotras nos lo pasamos en grande. No veo qué tiene de particular —empezaba a sentirme un tanto a la defensiva.

—¿Y qué es eso de que Diane va a dejar el equipo de animadoras? —empezó a sacudir la cabeza—. Últimamente hay unas movidas muy raras.

—No es tan raro, creo yo. En cualquier caso, ¿qué tal te fue con…?

—Hilary —repuso él con una nota de enfado.

—Ah, sí, ¡Hilary! Es una chica genial. Seguro que lo pasaste bien —traté de animar un poco a Zayn, pues me resultaba extraño verlo sin hacer el tonto.

—No sé cómo es, la verdad. Se pasó casi toda la fiesta bailando con ustedes.

«Ay, es verdad».

Zayn abrió el cuaderno y fingió gran interés en sus apuntes. No era su conducta habitual, ni mucho menos.

Me convencí de que pronto se le pasaría. Tampoco era para tanto.

—¿Por qué te importa lo que piense Zayn Malik? —me preguntó Sisa mientras ella y yo nos dirigíamos a almorzar con Daniela y Amy a nuestra mesa de costumbre.

—No es sólo él. Durante todo el día me están llegando vibraciones negativas de los chicos —arrojé sobre la mesa la bolsa con mi almuerzo—. Y un montón de chicas han venido a hacerme comentarios de lo más agradables.

—Ya lo sé, ¿no es genial? —repuso Sisa.

—Eh, chicas, ¿les parece bien que Viki se una a nosotras? —preguntó Zoe, a la que seguían Diane y Viki.

—Claro que sí —respondió Sisa—. Nos encanta que hayas vuelto, Viki.

Viki se sonrojó.

—Bueno, me dijiste que podía volver cuando estuviera preparada…

Sisa abrió los ojos de par en par.

—¡Desde luego! ¡Bienvenida al lado oscuro! —se echó a reír—. Deberíamos juntar esa otra mesa para tener más espacio.

Como era de esperar, Teresa Finer y Jessica Chambers nos preguntaron si se podían sentar con nosotras. Al poco rato, nuestra mesa estaba abarrotada de chicas que comentaban la fiesta de antiguos alumnos. Teresa mencionó que su pareja llegó a buscarla cuarenta y cinco minutos tarde, y, por lo visto, la «cena especial» que la pareja de Jessica le había prometido resultó ser en un Burger King de los que sirven en el coche a los clientes. La pareja de Viki se pasó la fiesta coqueteando con otra.

—Chicas, tenían razón —Viki negó con la cabeza y se puso a juguetear con el rabillo de su manzana.

—No se trata de tener razón o no; de lo que se trata es de estar con gente que te aprecie de verdad —apuntó Diane—. Me alegro mucho de que hayas venido, Viki.

Viki esbozó una sonrisa y dio un mordisco a la manzana.

—Así que, resumiendo, yo tuve las mejores parejas del baile —concluyó Sisa.

Mientras Diane, Jessica y Daniela hacían planes para jugar al baloncesto durante el fin de semana, me quedé maravillada al ver que Diane no mostraba la más mínima vacilación a la hora de hablar de su gran cambio. No se le notaba arrepentimiento ni angustia alguna. Sabía que estaba tomando la decisión correcta, incluso aunque al final no la admitieran en el equipo.

Por lo que parecía, ahora teníamos nuestro propio equipo

Capítulo 19.

Llegó un momento en que perdí la cuenta de las chicas que nos íbamos a reunir en casa el sábado por la noche. Desde luego, eran muchas las que habían confirmado su asistencia. Sisa me había comentado que Eva, la novia de Liam, había roto con él únicamente para poder asistir. Él, por su parte, se había buscado a otra persona para que le llevara en coche al instituto. Yo me sentía dividida: no quería que Liam sufriera; pero si Eva era capaz de abandonarlo por algo como el club, seguramente la relación no estaba destinada a durar mucho tiempo.

—¿Todo bien, hija? —me preguntó mi padre justo antes de que llegaran mis amigas. Mamá había salido sola porque papá se estaba recuperando de una gripe—. Si te preocupa que pueda interrumpirlas, puedes estar tranquila. Tengo una taza de té y un periódico, y me quedaré en mi habitación sin dar molestias.

—Todo bien, papá. Sólo estoy un poco inquieta por la cantidad de gente que se pueda presentar.

—Penny Lane, tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti, así que no te preocupes por el número de chicas que vayan a venir. Marisa Klein ha estado esta mañana en la clínica para hacerse una limpieza, y me ha contado que tú y tu club de los Beatles son todo un éxito en el instituto.

—Papá, te he dicho…

—Sí, ya lo sé —levantó las manos en el aire—. Aun así, sigo estando orgulloso de ti, hija mía.

Sonó el timbre y me dispuse a abrir la puerta.

—Vete arriba y mejórate —le dije mientras se encaminaba a las escaleras.

Sisa y Diane fueron las primeras en llegar.

—¡Esta noche lo vamos a pasar en grande! —exclamó Diane.

Dirigí la vista a la calle y vi una hilera de coches que se iban deteniendo. Daniela y Amy habían traído a Jessica Chambers y a Teresa Finer. Maria Gonzales y Cyndi Alexander aparcaron la furgoneta de Maria detrás de ellas.

—Hola, chicas. Venga, entren.

Nos encaminamos hacia el sótano y el timbre volvió a sonar: Hilary Jacobs, Christine Murphy, Meg Ross y Karen Brown.

Al poco rato: Jackie Memmott y Marisa Klein, con Erin Fitzgerald y Laura Jaworski, ambas de segundo de bachillerato.

Y después, Eva —la ahora ex novia de Liam—, Eileen Vodak y Annette Ryan: el contingente de tercero de secundaria.

Y para rematar: Zoe y Viki, con Paula Goldberg.

Entré en el sótano y me costaba creer que hubiera más de veinte chicas del

McKinley: de tercero y cuarto de secundaria, de primero y segundo de bachillerato.

Todas me clavaban la mirada. Me quedé petrificada. Contaban con que les dijera algo, y yo sólo había pensado en ver una película y comer pizza, o algo parecido.

—¡Bravo, Penny! —vociferó Hilary, y rompió a aplaudir. La concurrencia al completo estalló en aplausos.

¿Había provocado yo todo aquello? Me giré, esperando encontrarme con algún famoso que se hubiera colado en el sótano.

—¡Shh! ¡Que hable Penny!

¿Quién había dicho eso? No tenía ni idea de lo que esperaban de mí. Abrí la boca a la vez que rezaba por poder salir del paso.

—Gracias, muchas gracias por venir. Mmm, me sorprende un poco el número de asistentes. No sé muy bien qué esperaban, pero…

Miré a Diane y a Sisa en busca de ayuda, y vi que ambas me sonreían. Se notaba que confiaban en mí; ojalá me pasara lo mismo.

—La verdad es que no sé muy bien por qué han decidido asistir a esta reunión. Yo sólo puedo explicarles mis propios motivos para estar aquí, aparte del hecho de que es mi casa, claro está —todo el mundo se echó a reír mientras yo respiraba hondo—. Para ser sincera, ya estoy harta. De los partidos…, de los chicos…, de todo. Dudo que haya una sola chica entre nosotras que no se haya obsesionado por si un chico la va a llamar o no, o por si va a tener pareja para asistir a una fiesta. Y por culpa de la presión de conseguir un chico para ir aquí o allá, acabamos conformándonos con alguien que no nos merece.

Capítulo 19. Parte 2.

»Entonces, cuando realmente encontramos a un chico al que consideramos especial, nos olvidamos de nuestras amigas —procuré no mirar a Diane—. O bien cambiamos de costumbres para agradarle, en vez de hacer lo que nos apetece o lo que sabemos que es lo correcto.

»¿Por qué? ¿Por qué tenemos que pasar por eso?

Noté que mis nervios se mitigaban y me percaté de que todas y cada una de las presentes asentían en señal de acuerdo.

—Sé que habrá quien piense que soy pesimista; pero, en serio, examinemos a la población masculina del McKinley, ¿les parece? —las risas resonaron por la estancia—. No es que tengamos precisamente una enormidad de chicos pasables entre los que elegir.

Algunas socias aclamaron:

—¡Eso, eso!

—A ver, no estoy diciendo que tengamos que renunciar a los chicos para el resto de nuestra vida. No estoy loca hasta ese punto. Pero sé que no deberíamos conformarnos, sé que quiero pasar mis últimos dos años en el McKinley divirtiéndome con mis amigas. Y los chicos no harían más que estropearlo.

»Si miran a su alrededor, verán que hoy hemos reunido a un increíble grupo de gente, un sistema de apoyo perfecto. Si nos unimos, podemos hacer cualquier cosa. Sólo debemos tener fe en nosotras mismas. Y nos merecemos todo

aquello que queramos. Si una de nosotras necesita ayuda con un examen, allí estaremos con ella. Si una de nosotras quiere perseguir sus sueños, a pesar de lo que los otros puedan pensar —guiñé un ojo a Diane—, allí estaremos con ella.

»De modo que lo único que pedimos es que las socias se coloquen a ellas mismas y a sus amigas por delante de los chicos. Los sábados por la noche tenemos una cita permanente las unas con las otras. Tenemos que estar aquí unas por otras, para recordarnos lo especiales que somos.

»¿Y lo mejor? ¡No habrá que soportar más ***** de los chicos!

Amy se levantó.

—¡Por Penny!

—No —protesté—. No se trata de mí, se trata de nosotras. ¡Por el Club de los Corazones Solitarios!

El sótano se inundó de escandalosos hurras. Diane se acercó al equipo de música y dio entrada a los únicos chicos permitidos en las reuniones del club: los Beatles.

—¿Sabes, Penny? —me dijo Diane por encima de la música—. De haber sabido que el plantón que me ha dado Niall iba a tener una influencia tan positiva en tanta gente, le habría pedido que rompiera conmigo mucho antes.

Solté una carcajada. No sabía si era por el entusiasmo que me provocaba el club, por la música o por el sentido del humor de Diane; pero, por algún motivo, me pareció lo más gracioso que había oído en mi vida.

—¿A qué vienen tantas risas? —preguntó Sisa, meciendo las caderas de un lado a otro al ritmo de la música. Golpeó su cadera contra la mía y estuve a punto de caerme—. Señorita Penny Lane, ¿tienes idea de la que has montado? Nosotras solas hemos cambiado la estructura social del instituto McKinley. ¿Sabes lo que significa eso?

Nunca me lo había planteado de esa manera.

—¿Qué?

Sonrió.

—Bueno, antes de esto ya pensábamos que los chicos son unos cretinos, ¿no? Pues te garantizo que a partir de ahora se mantendrán a kilómetros de distancia.

Las tres intercambiamos miradas y luego nos volvimos a reír.

Si estar sin pareja el resto de mis años de instituto iba a ser así, no me importaba en lo más mínimo.

Capítulo 20.

—Hola, Penny. Soy Niall.

Me quedé mirando el número que aparecía en mi teléfono. ¿Por qué me llamaba Niall? Era martes por la noche, y unas horas antes lo había visto en el instituto. El hecho de que únicamente hubiéramos mantenido conversaciones ligeras desde la fiesta hacía que escuchar su voz resultara aún más extraño.

—¿Hola? ¿Penny?

«¡Habla! ¡Di algo!».

—Sí, Niall. ¿Cómo te va?

—No demasiado mal. Tenía una pregunta sobre Historia. No sé si anoté bien la lección que tenemos que repasar. ¿Es la doce?

—Un momento, voy a comprobarlo… —salí corriendo hacia mi escritorio para coger el libro—. ¡****! —un latigazo de dolor me fustigó el dedo gordo del pie izquierdo al golpearlo contra la pata de la silla. Genial—. Sí, lección doce.

Se produjo una pausa al otro extremo de la línea.

—¿Estás bien?

Pues no, no estaba bien.

—Sí, perfectamente. Me he hecho daño en el dedo gordo…

—De acuerdo. Gracias, Penny —otra prolongada pausa—. En realidad, hay algo más que quería preguntarte… Eh, mis padres compraron entradas para el concierto de ese grupo que canta canciones de los Beatles. Es en el Centro Municipal, dentro de unas semanas; pero se han dado cuenta de que tienen que asistir a una boda fuera de la ciudad, así que pensaban enterarse de si alguno de sus amigos las quería. Bueno, se me ha ocurrido que estaría bien ir… si te apetece.

Niall hablaba mucho más deprisa que de costumbre, por lo que tardé unos instantes en comprender lo que decía.

No me estaría proponiendo salir, ¿verdad?

Pues claro que no. Qué estupidez. Niall estaba saliendo con esa cosa bajita de pelo rizado.

Yo era su amiga. Una amiga que, para colmo, se llamaba como una canción de los Beatles. Tenía sentido que me pidiera una «no cita» para ver a una banda que imitaba a los Beatles.

Capítulo 20. Parte 2.

—¿Hola? ¿Penny?

«Ups».

—Mmm, suena genial.

Podía seguir siendo amiga de los chicos. Niall y yo siempre habíamos sido amigos, y no había forma de que me llegara a ver de otra manera. ¿Qué había dicho en la fiesta de Harry? «Nunca haría nada con ella».

—Estupendo —respondió Niall ahora—. Diane me ha contado que tus padres están en contra de los grupos que hacen versiones y cosas por el estilo, pero le pareció que a ti te podía apetecer.

¡Diane lo sabía! ¿Por qué no me había advertido de que Niall iba a invitarme… a… una especie de cita de cortesía?

Me aclaré la garganta.

—Será divertido. Gracias por pensar en mí.

—¡Pues claro! Molará un montón asistir a un concierto de homenaje con la mismísima Penny Lane.

«¡Uf!».

—Ya hablaremos de los detalles pero, si quieres, podemos ir al centro temprano y tomar algo antes de la actuación. ¿Te parece bien?

—Me parece genial, Niall. Hasta mañana.

Colgué y me quedé mirando el teléfono.

Entonces, caí en la cuenta. Había accedido a asistir con Niall Horan a un concierto de versiones de los Beatles. Y ahora tenía que decírselo a la única persona a quien la idea le iba a horrorizar.

—¡Ay, Penny Lane! No, no y no. Me has desilusionado. Pero ¿cómo has podido?

Iba a resultar más difícil de lo que me imaginaba.

Me senté a la mesa de la cocina.

—Vamos, mamá, no es para tanto.

Mi madre soltó su taza de café y me miró como si yo fuera un monstruo de dos cabezas.

—Mira, Penny Lane: creía que, por la educación que tu padre y yo te hemos dado, nunca se te ocurriría ir a escuchar a una banda que se dedica a plagiar. Es tan… ¡Dave, échame una mano!

Papá dejó de ocultarse detrás del periódico y lo apartó.

—Verás, Becky, no creo que sea necesariamente algo malo. Al menos, Penny Lane se interesa por sus raíces. Además, considero que debemos darle un voto de confianza, en el sentido de que sabrá distinguir que lo que escucha no es nada comparado con lo auténtico, lo de verdad. ¿Te acuerdas de la vergüenza que le dio aquella masacre en la graduación de Lucy?

Sí, me había muerto de vergüenza en la graduación de Lucy, pero, por desgracia, las armas de humillación masiva fueron precisamente mis progenitores. Un pobre graduado hizo una interpretación no demasiado satisfactoria deYesterday, y mis padres estuvieron a punto de abandonar el auditorio. Se negaron incluso a aplaudir. No habría sido para tanto si los padres del chico no hubieran estado sentados a nuestro lado, grabándolo todo. Seguro que les encantó el vídeo con la banda sonora de los comentarios de sus vecinos: «Bah, qué horror… ¿Por qué la gente se empeña en manipular a los clásicos?… Sólo existe un Paul McCartney y tú, niño, no eres Paul».

—Sí, papá. Fue terrible —me levanté y empecé a vaciar el lavavajillas. Pensé que tal vez ayudaría a que el humor de mi madre mejorara.

—¿Qué dices, Becs? —papá alargó el brazo por encima de la mesa y dio un apretón a mamá en la mano.

—De acuerdo… —mamá se mostraba derrotada.

Traté de no echarme a reír mientras abría el armario superior para guardar los vasos.

—Venga, anímate. Y recuerda, ¡dentro de unas semanas tendremos invitados! —papá se esforzaba para que sonriera.

—¡Es verdad! Penny Lane, se nos ha pasado decírtelo. Tenemos una noticia magnífica. Los Taylor van a pasar el día de Acción de Gracias con nosotros. ¿No es…?

Parpadeé varias veces para recobrar la concentración mientras notaba que un vaso se me escurría de la mano. Se produjo un estallido en el suelo. Alcé la mirada y vi un gesto de conmoción en el rostro de mis padres.

¿De verdad acababan de decir…?

—Ay, Penny —mamá se levantó y sacó la escoba y el recogedor del armario de la limpieza. Me quedé ahí, parada, mientras empezaba a barrer a mi alrededor—. ¿Qué te ha pasado?

No podía ni siquiera empezar a explicarlo.

Era una auténtica pesadilla.

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