Llevo muchas noches llorando por él

Me desperté con unas ganas enormes de tenerlo, de comermelo a besos, de probar nuevamente su cuerpo, de recorrer con mi lengua cada ranura de su piel, cada lunar; que para mí, eran mi lugar favorito… donde dejaba mis labios reposar un largo rato y encontraba alivio.
Quería morir nuevamente en sus brazos… sí, morir, porque cuando él me hacía el amor, mi corazón no dejaba de latir, su aceleración me acortaba la respiración, me nublaba la vista, me deshidrataba los poros de mi piel, me quedaba sin voz, sin recuerdos, sin amores pasados, en cada forcejeo, en cada movimiento, vibraba, estallaba, era suya… y de repente, todo se convertía en calma, mis oídos sólo escuchaban unos leves gemidos, mi rostro en su pecho y sus manos en mis nalgas, justo ahí, de manera fugaz, moría… y con él, me gustaba morir, a cada instante; jamás me contuve.
Y ahora que el deseo me invade, mis dedos fueron más rápidos que mi cordura, le timbre, colge y le escribí, no le hablé de amor, ni de lo hermoso que tuvimos, no le confesé que llevo muchas noches llorando por él, que extraño su voz y la manera en que me decía “te amo”, tampoco le reclame por sus verdades que fueron falsas, que mi boca no fue la única que besó con locura, que mis caderas no fueron las únicas que se apoderaban de su lujuria, quizá sí, no lo sé, fueron tantas mentiras que hasta su manera de tocarme era difícil de creer.
Pero le dije por última vez, que mis dedos ya no pueden reemplazarlo, que estoy hecha pedazos, que deseo follar tan duro, que duela, que arda; que necesito recordarlo con mi cuerpo, más no con el alma, porque mi cuerpo es fuerte, y mi alma está trizada, le pedí que venga, que mate mis ganas, que deseaba morir de pasión, pero ya no de amor.

Accedió…

Aquí estoy, acariciando su espalda, consumiendo cada segundo que el tiempo ahora nos regala. Y él con su mano entre mis piernas, humedeciendo mi frontera.

Annabella G.

Y a pesar de las cicatrices, estoy totalmente agradecida de haber dado tanto sin recibir nada a cambio

Supongo que lastimamos a las personas que queremos en nuestra vida esperando que vean lo rotos que estamos y aun así decidan quedarse a nuestro lado. Supongo que tomamos malas decisiones para aprender de ellas y tener historias que contar. Supongo que perdemos y nos perdemos para encontrar y ser encontrados por algo mejor. Supongo que los días en los que nos va tan mal son para recibir con brazos abiertos aquellos días en los que nos va tan bien. Supongo que andamos con rodeos para hacer el paseo más largo. Supongo tantas cosas que no sé en qué momento empezarán a ser acertadas. Supongo que se escribe mejor cuando hay sabor a sal en las páginas, y hoy me siento todo un mar.

Hoy me doy cuenta que suponer no significa hacer realidad, que por más que suponga que deba irme de aquí con maleta en mano y lágrimas en la mejilla, no puedo. No puedo darme el lujo de seguir suponiendo cosas y no poner esfuerzo alguno por hacerlas suceder. No puedo negarme un sentimiento tan agridulce si cada día lo siento más latente.

Estoy cansada de seguir un manual, una agenda, un protocolo que me diga qué sentir, cómo sentirlo y cuándo hacerlo. Me duele la cabeza de hacer planes para protegerme de los riesgos cuando cada día la vida me enseña que en este enorme aeropuerto llamado presente no hay seguro de viajero, no hay devolución de ticket y no cualquiera tiene la oportunidad de emprender el vuelo. Cada oportunidad es un viaje, cada persona una cultura, cada problema un poco de turbulencia y aquellas personas que amamos son un lugar para llamar Hogar.

Y a pesar de las cicatrices, estoy totalmente agradecida de haber dado tanto sin recibir nada a cambio y saber que lo que no se dio no quedó en mí; tan bendecida de no tener cómo pagar todo el cariño que he sentido y sigo haciendo. Tan orgullosa de tener cicatrices en todo mi cuerpo que llevo como souvenir y tantos lugares como mi hogar.